Editorial, Sex&CDMX

Azul y amarillo

Por Nitzia Ross

Cuando conocí a Evan, sentí que una flama se encendió dentro de mí.
Una flama colorida y efervescente, pero inestable, porque éramos jóvenes
y apenas estábamos despertando a la vida.
Recuerdo que él tenía el cabello ligeramente largo, negro, y
desordenado.
Sus pestañas siempre estaban curvadas por dormir con la cara enterrada
en la almohada, y todos los días usaba la misma chaqueta de cuero
desgastada, procurando elegir también una camiseta que dejara a la vista
el tatuaje de su pecho(que más tarde descubrí que se había hecho él
mismo con agujas de coser y tinta china). Este se trataba de unas
pequeñas letras feas y apenas legibles que dictaban “Blue and Yellow”.
Y aquel primer día, cuando Evan se sentó junto a mí en la clase de
matemáticas casi sin mirarme, lo único que fui capaz de pronunciar fue:
“¿Por qué no simplemente Verde?”
Él me dirigió por fin una mirada sorprendida que intentó regular sin
mucho éxito, y, titubeante, dijo:
“Porque yo nunca…”
Pero antes de que él pudiera terminar la frase, nuestra maestra nos
calló azotando el borrador en el pizarrón.
Descubrí más tarde que Evan y su madre se habían mudado a la vieja
casa abandonada que se erguía al fondo de mi propia calle.

Nos volvimos cercanos en muy poco tiempo. Estábamos juntos todo el día,
desde que comenzaba a amanecer y emprendíamos el camino hacia la escuela
entre bostezos y quejas, hasta bien caído el ocaso, cuando nuestras
respectivas madres nos llamaban a cenar.
En ese entonces yo tenía dieciséis años y él dieciocho. Evan estaba
cursando el primer año de preparatoria un poco más tarde que el resto de
nosotros, porque había tenido algunos problemas con drogas y pandillas a
los trece, y había pasado un tiempo en el reformatorio juvenil. Al
principio me causó gracia que me lo contara así, como si tal cosa, pero
más tarde me di cuenta de que su pasado le pesaba más de lo que dejaba
ver en aquellos días.

Yo era el único en el pueblo que conocía su historia con certeza, porque
él mismo me la había contado, pero aun así, la gente no tardó en hablar,
y por eso a mis padres nunca les gustó que fuésemos amigos.
Pero él siempre me aseguró que ya no era el busca problemas que
probablemente había sido antes. Que había madurado. Y a mí me parecía
que era verdad; a pesar de que tenía poco de conocerlo, algo en su forma
de hablar y de mirar a su alrededor me decía que había cambiado y
sufrido mucho en los últimos años.
Al principio, nuestra amistad era casi como cualquier otra. Nos
saltábamos clases juntos muy de vez en cuándo, fumábamos en el parque,
compartíamos el almuerzo, escuchábamos música todas las tardes mientras
intentábamos completar tareas y proyectos escolares que nos parecían
jodidamente buenos, pero que los maestros nunca apreciaban, y dormíamos
juntos casi todos los fines de semana, medio torcidos en la misma cama
después de un maratón de películas de terror, con los restos de toda la
comida que solíamos disfrutar esparcidos por la habitación.
Él era el típico chico de aspecto intimidante al que parecía ser mejor
no acercarte, pero que, al conocerlo, resultaba ser muy amigable y
calmado.
Yo era el típico idiota que a los dieciséis seguía sin saber del todo
qué quería hacer con su vida, y que intentaba ocultar esa angustia tan
característica de la adolescencia detrás de una máscara de insolencia.
Pero en aquel entonces los días se sentían fugaces, y nuestros corazones
daban vuelcos nerviosos constantemente, haciéndonos cambiar
repentinamente hasta el punto de parecer una persona completamente
distinta cada semana. Así que apenas y tuvieron que pasar un par de
meses para que nuestra amistad evolucionara, y se convirtiera en algo
diferente. Para que de nuestras sonrisas florecieran nuevas emociones.
No sabía qué era exactamente, o en qué momento sucedió, pero de repente
se sintió como si nos hubiésemos convertido el uno en una extensión del
otro.
Me sentía cómodo y seguro con él, y me descubrí hablándole de cosas que
nunca antes había pronunciado en voz alta, y comportándome de una manera
despreocupada y afectuosa que la frágil masculinidad que se me había
inculcado desde niño no solía permitirme. Casi sin esfuerzo, con esa
llama eufórica calentando mi pecho, le hablé de mis miedos. Le hablé de
mis sueños y de mis tristezas, y le confié secretos tontos de la niñez
que se solían sentirse como una carga antes de que pudiera sacarlos. Y
eventualmente, aunque un poco más lento, él hizo lo mismo, y me permitió
conocerlo verdaderamente.
Sin embargo, no éramos lo suficientemente maduros para animarnos a
comportarnos de la misma manera enfrente del resto, de ser nosotros
mismos mientras alguien más miraba, pero de cierta forma, eso hacía que

la extraña conexión que habíamos formado se sintiera todavía más
especial.
Así que casi todos los días comprobábamos que nadie estuviera escuchando
antes de despedirnos entre risas incómodas con un “Hey, hermano, te
quiero.”
Y todo se sentía bien de esa manera; sin ser demasiado, sin ser tan
poco. Pero la sensación apenas y duró, porque con un nuevo vuelco del
corazón, mis sentimientos se aceleraron peligrosamente hasta el punto de
abrumarme.
Llamarlo “mejor amigo” ya no se sentía tan correcto, y a “hermano” le
faltaba algo.
Incluso mi madre parecía notar lo bochornosamente embelesado que me
encontraba por Evan, porque comenzó a mirarme raro cuando hablábamos de
él. Yo intenté comportarme igual que siempre, pero había un extraño
cosquilleo que ya no abandonaba mi estómago cuando lo veía, y esto llegó
a desesperarme y a confundirme tanto, que ya no supe cómo ocultar mi
nerviosismo en su presencia.
Intentaba no pensar mucho en eso, pero a veces sentía como si Evan se
hubiese convertido en todo para mí. No de la manera precisamente
romántica, pero tampoco típicamente fraternal. Le quería, le quería
mucho. Y aquel era un sentimiento que no había encontrado antes en
ningún otro lugar. ¿Se sentiría él de la misma forma, abrasado por la
misma llama que crecía en mi interior?

Una tarde de otoño, después de pasar todo el día pegados a la consola de
videojuegos, subimos al tejado de su casa para ver los tonos violáceos y
anaranjados del ocaso, con el pretexto de tomar un poco de aire fresco.
Estábamos escuchando su canción favorita, aquella que llevaba tatuada en
el pecho, y él jugueteaba con mis dedos distraídamente como una excusa
para tocarme sin tener que tomar mi mano propiamente, hasta que después
de un rato, me dijo:
—¿Sabes, Ted? quiero hacer algo grande con mi vida. Después de todo, si
he decidido quedarme, al menos debería intentar hacer algo bueno con
este tiempo aquí. Algo con lo que pueda ser recordado para siempre.
Porque algún día ya no tendré estas manos y este corazón tan agitado, y
creo que mi espíritu se lamentaría mucho si no hice algo asombroso
cuando todavía tenía un cuerpo. Así que quiero intentar perseguir un
sueño. Contigo. Quiero hacer algo grande a tu lado, y que nos recuerden
juntos.
Yo me quedé en silencio durante algunos segundos, procesando lo que
acababa de decirme sin saber muy bién cómo debía responderle, pero tras
unos segundos, terminé por sonreír; cerré los ojos, y en un acto de

valentía, apreté su mano. Tan fría y delgada. Ambos mantuvimos la
respiración por lo que pareció una eternidad, y cuando nos atrevimos a
resoplar por fin, sin soltarnos de las manos a pesar del sudor frío que
manaba de ellas, los colores del cielo se desvanecieron y la música se
apagó. Y fue de esa oscuridad y ese silencio que nació nuestra banda.
Evan cantaba y yo tocaba la guitarra. Al principio no éramos muy buenos,
pero practicábamos todas las tardes en el el ático de mi casa, y pronto,
un par de amigos de la escuela llegaron a ocupar los puestos restantes.
Y así nada más, en otro vehemente arranque del corazón y antes de que
nos pudiésemos haber percatado, ya habíamos dejado la escuela, y
habíamos salido de gira en una apretada Van sin aire acondicionado con
sólo un par de billetes en el bolsillo, y luego nuestro primer single
era número uno en las listas de nuestro país, y después nuestro primer
álbum se volvía platino; y comenzaron los conciertos, los conciertos de
verdad, no los pequeños y acalorados shows en bares de mala muerte con
los que nos habíamos familiarizado; pero también comenzaron las fiestas,
el alcohol desmedido, las drogas, y el calor de cuerpos sin nombre…
Y Evan y yo sentíamos que estábamos en la cima del mundo… Pero no nos
dimos cuenta de que nos estábamos perdiendo el uno al otro. Porque cada
madrugada, cuando por fin llegaba el silencio, sin importar con cuántas
chicas nos hubiésemos acostado o cuántas veces el alcohol nos hubiera
tirado al suelo, Evan regresaba a mi habitación de hotel, o yo iba a la
suya, y nos echábamos a la cama para hablar de lo surreal que todo
comenzaba a parecer, mientras afuera los amarillentos rayos del sol
comenzaban a mezclarse con el azul profundo del firmamento.
Y yo sentía que seguíamos queriéndonos tanto como al principio, pero la
vida cambiaba. Ya no éramos los mismos adolescentes de preparatoria
cuyos pulsos acelerados buscaban imitar a las percusiones más potentes
de una canción. Sin darnos cuenta, la adultez nos atravesó como los
humanos atraviesan a los fantasmas en las películas. Nuestra música
cambio, también cambiaron nuestros rostros, pero en el fondo yo seguía
sintiéndome diminuto e impaciente.
Esa llama que Evan había encendido en mi pecho un par de años atrás
estaba empezando a consumirse, a quemar mi alma, la cual apenas y podía
mantenerse dentro de mi piel. Sin saber por qué, me volví más callado.
Me volví más reacio ante el tacto de mi amigo. Y volví a guardarme todos
mis sentimientos y pensamientos también.
Mi manera de tocar en el escenario se volvió descuidada, torpe y
violenta. Y mi mirada ya no se perdía maravillada entre el público
infinito, sino que se clavaba en la espalda de Evan cada vez que este se
paseaba por el escenario mientras cantaba.
Ya no me sentía joven, sino extraño, enojado siempre sin razón aparente.
Y cada vez que él dejaba mi habitación al amanecer, o cada vez que no
llegaba por pasar la noche con alguien más, yo me sumía en el colchón

con los dientes apretados y el ceño fruncido, deseando que este me
tragara como si de un hoyo negro se tratase.
Intenté razonar conmigo mismo, descubrir qué era lo que me molestaba
tanto. Pero fui incapaz. Así que simplemente, y casi sin querer, comencé
a huir de sus ojos verdosos. A esconderme, detrás de cientos de botellas
de alcohol, de sus cejas arqueadas a manera de cuestionamiento.
Y para el momento en el que Evan había cumplido 23 y yo 21, él comenzó a
desesperarse de mi comportamiento.
Me decía:
“Ya no eres el mismo. Te has vuelto tan jodidamente callado últimamente
que es como si ya no estuvieses aquí.”
Y yo sentía:
“Algo me falta. Necesito más. Creo… que te necesito a ti.”
Pero mis propios sentimientos me asustaban y me avergonzaban como hacía
tiempo no pasaba, de modo que intentaba luchar contra ellos. Y de Evan
también.
Nunca antes habíamos discutido realmente, pero pronto, nuestro mundo se
convirtió en un campo de guerra. Nuestras peleas eran acaloradas y
escandalosas, como si en el fondo no pudiéramos soportarnos más. A
veces, estas se desataban por asuntos tontos de la banda, y a veces
porque yo me sobresaltaba exageradamente con el más mínimo roce de su
cuerpo contra el mío.

Conocí a otro chico. Era dos años menor que yo, y un gran fan de nuestra
banda. El cabello negro y lacio le llegaba hasta la cintura, y todo su
cuerpo parecía estar cubierto de tatuajes.
Era delicado como una partícula de polvo flotando en el viento, pero
salvaje como la juventud misma.
Me acerqué a él sólo porque sentí un montón de chispas saltando dentro
de mí cuando lo vi siendo arrastrado por los guardias de seguridad
cuando intentó meterse en mi vestidor, gritando algo parecido a “Ted,
por el amor de Merlín, diles a estos brutos que me suelten y fírmame el
trasero, ¡Es lo único que pido!”
Y aunque las chispas que provocó en mí no fueron suficientes para
encender una llama como Evan lo había hecho años atrás, comencé a
invitarlo a fiestas, y a pasar mucho tiempo con él.
Era muy raro, a veces incomprensible. Sus múltiples perforaciones me
incomodaban un poco, y su discurso a veces se me antojaba cuasi
satánico. Pero era un buen chico. Una buena distracción.

Su risa, aunque estridente y poco armoniosa, ayudaba a alejar de mi
mente, al menos a ratos, lo enojado que me sentía con Evan.
Y Evan…
Bueno, él me odiaba. O tal vez odiaba a la persona en la que me estaba
convirtiendo de a poco. Y odiaba a Chris, mi nuevo amigo, con toda su
alma también.
Lucía frustrado la mayoría del tiempo. Pero Parecía que estaba
intentando, por cualquier medio, que él y yo volviésemos a ser los
mismos de antes.
Nos habíamos comprado una casa juntos tiempo atrás, con el adelanto de
nuestro primer contrato, y ninguno había hablado de mudarse jamás, pero
de un momento a otro, yo dejé de llegar a casa durante varias noches sin
siquiera avisar. Me gastaba el tiempo fuera del escenario y del estudio
emborrachándome con Chris.

Una noche, hubo una fiesta en su casa. De aquellas con Moët regado por
todas partes, strippers, drogas de cualquier tipo, y todas esas mierdas.
Mayoritariamente gracias a mi dinero.
Y bebí tanto, que antes de que pudiera notarlo me encontraba en una
habitación desordenada, con Chris sentado a horcajadas en mi regazo, y
su lengua invadiendo mi cavidad bucal. Y de una manera casi irreal, casi
onírica o dramática como en las películas, Evan abrió la puerta de una
patada, me sacó a rastras de la habitación, reventó el estéreo- que
vomitaba un Punk Rock demasiado familiar -de un solo puñetazo,
provocando que todos se giraran a vernos, y todo era un lío de gritos,
jaloneos, y miradas confusas.
Cuando estuvimos en la calle, en medio de la carretera húmeda y vacía,
en el frío de la noche y de los faroles de luz blanca, recuerdo habernos
detenido.
Y Evan lloraba como nunca en su maldita vida; temblaba de rabia.
Y aún con todo ese alcohol en mi sistema, y con la confusión que me
causaba la sordera que me había dejado aquel Punk Rock explosivo, me di
cuenta de que algo andaba mal, muy mal. Peor de lo que mi cerebro era
capaz de asimilar. Así que, repentinamente, le di una bofetada para
intentar hacerlo reaccionar.
Hasta este día, aquel golpe sigue grabado en la palma de mi mano,
fresco; como un tatuaje que nunca sanó.
“Lo intenté, Ted. ¡Realmente lo intenté!” Me había gritado él, mientras
yo lo seguía hasta su auto.

De regreso en casa, me di cuenta de que no me encontraba tan ebrio como
me había querido hacer creer a mí mismo.
Evan se puso a caminar de un lado a otro en la sala de estar, histérico,
siendo iluminado únicamente por la luz de luna que entraba por la
ventana.
No paraba de gritar acerca de lo mal que yo estaba, de cómo me estaba
destruyendo por mi propia cuenta. Dijo que no me entendía, que me odiaba
por provocarle tanta angustia y tanta tristeza.
Y al final, dijo que me extrañaba.
Y se paró en seco.
Y yo me acerqué a él, soltando lágrimas silenciosas, y tomé su rostro. Y
él me miró bajo la luz plateada de la luna, e intentó poner sus manos
sobre las mías, pero estaba temblando tanto, que prefirió aferrarse a mi
cadera, acercarme a él, y besarme con brusquedad.
Nuestros labios colisionaron con la fuerza de una explosión, y nos
besamos de una manera tan desesperada, tan necesitada después de tantos
años… Y yo lloraba, y él no dejaba de temblar… Él temblaba…
Lo que sentí con ese beso, fue lo que había estado buscando en los
labios de todas esas chicas durante todos esos años, y también en los
labios de Chris.
E intenté consumir a Evan; intenté tragarme su luz, como si de esa forma
hubiese podido hacer que el dolor desapareciera.
La llama de mi pecho… aquella que había estado parpadeando por tanto
tiempo ya… Bueno, no estoy muy seguro de si brotó con más fuerza, o si
terminó de apagarse por completo.
Sólo sé que aquella noche Evan fue mío de una manera en la que nadie más
volvería a ser, que las chispas de nuestros cuerpos saltaron e
incendiaron lo que habíamos creado hasta ese momento, que destruimos
todo; que nuestros sueños se disolvieron con nuestras lágrimas y nuestro
sudor como el algodón de azúcar se disuelve con la saliva. Y que nunca
nada volvería a ser igual. Para bien o para mal. Aunque nuestros
corazones siguieran conectados, aunque las canciones que habíamos
escrito juntos siguieran sonando en la radio… Nunca volveríamos a ser
los adolescentes que se habían conocido en la preparatoria aquel otoño,
o los adultos estúpidos que habían logrado llegar lejos gracias a su
“indestructible” amistad.
Nunca volveríamos a ser aquellos chicos que charlaban acerca de ser
recordados para siempre, mientras miraban al ocaso desangrándose sobre
los tejados de las casas al compás de cierta canción…

Días después, Evan dejó la banda, y se compró una nueva casa. No me dijo
en dónde, pero yo estaba seguro de que era muy, muy lejos de mí.
Me dejó otro beso desesperado antes de irse, y cuando atravesaba el
umbral de la puerta, yo estuve a punto de detenerlo, y decirle “Hey,
hermano. Te quiero. Te amo.”
Pero no lo hice.
Simplemente regresé sobre mis pasos, silenciosamente, y fui a la que
solía ser su habitación; antes tan llena de cosas, tan desastrosa y tan
impregnada de emociones, sueños e historias… Ahora se encontraba vacía y
fría. Fantasmal. Como si Evan, además de llevarse sus pertenencias
materiales, se hubiese llevado consigo todos los recuerdos, y no me
hubiese dejado ni uno solo a mí… Ni una sola llama parpadeante… Ni una
sola chispa.
Me senté en el suelo, justo sobre la capa de polvo que había dejado su
cama, y me puse a observar las paredes desnudas.
Una era amarilla, la otra azul. La tercera estaba dividida a la mitad
por ambos colores.
Y recordé una noche insignificante, en la que yo no podía dormir por
todo el estrés del lanzamiento de nuestro nuevo álbum, así que me había
escabullido entre sus sábanas, intentando no perturbar su sueño, pero él
también estaba despierto.
Intercambiamos un par de palabras nerviosas, y después, nos quedamos
observando el techo y las paredes.
“¿Por qué no simplemente Verde?”
“Porque tú y yo nunca …”

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